NO HAY OBRA, HAY TALLER

 

Muchas veces he pensado que la mejor forma de vida, para mí, consistiría en recluirme en lo más hondo, de un sótano espacioso y cerrado, con una lámpara y todo lo necesario para escribir. Me traerían la comida y me la dejarían siempre lejos de donde yo estuviera, tras la puerta más exterior del sótano, sería mi único paseo. Luego regresaría a mi casa, comería lenta y concienzudamente, y enseguida me pondría otra vez a escribir. ¡Las cosas que escribiría entonces! ¡De qué profundidades las arrancaría!

Así describe Franz Kafka en una carta, su espacio ideal de trabajo. Un espacio de encierro quizá, pero meticulosamente construido para evitar distracciones, con todo lo necesario para pensar, idear, confabular, detenerse, alejarse de ese ajetreo al que estamos sometidos a diario. Y aunque suene solitario o incluso algo aterrador, cuantos de nosotros no sentimos el deseo de recluirnos a un lugar alejado incluso de nuestros seres queridos, aún de nuestros hijos o nuestra pareja.

Amigos lectores, hoy les vengo a compartir fragmentos de un libro difícil de clasificar, pero que independientemente de los géneros canónicos, es un libro sumamente interesante y delicioso para todo lector. Se llama “No hay obra, hay taller”, está editado por Marcelo Gauchat y Gabriel Wolfson y reúne reflexiones de escritores, arquitectos, diseñadores y artistas, acerca de los espacios de trabajo creativo. Pero no piensen que es parte de esos libros académicos, con una estructura rígida, de lenguaje especializado, que en muchas ocasiones (debemos aceptar) son aburridos (sobre todo si no eres alguien del área). Todo lo contrario, este es un libro difícil de categorizar, pero de una lectura  sumamente atractiva, pues incluye poemas, ensayos literarios que parecen cuentos, fragmentos de testimonios, fotografías, incluso un video documental para ver en DVD. Siempre hablando del espacio personal o incluso sagrado que implica el taller. Les dejo ahora un fragmento.

La línea dibuja el espacio, lo recorre, se instala en su interior, lo habita sin apenas notarse: entre la mesa y la arquitectura, entre los objetos y el cuerpo, entre el vacío y la densidad, entre el espacio y la mirada. Dibuja una especie de espacio, no un espacio; una forma de considerar las cosas, una sensibilidad.

El espacio es habitado por el hombre. Lo recorre con una coreografía no ensayada pero infinitamente repetida: el ritmo de los pasos, la concentración del trabajo, el sosiego de la pausa. El empeño del hombre en el hacer lo protege del desconcierto. Se esfuerza en encontrar un rincón, un lugar para habitar y sobrevivir.

Sobre la mesa se depositan las herramientas. El cuerpo se inclina, se acomoda, sabe y recuerda, trabaja, su joroba comienza a formar parte de su cosmos. Desde que el hombre ocupa ese espacio, cuando mira o toca, el espacio está también en su mirada y en su tacto. En esta especie de espacio, en este locus de tensiones, el “entre” convoca al acuerdo de los elementos. El contenido del espacio se hace inteligible como una metáfora, un destino, un microcosmos, una negociación con el entorno. Una combinación, una suma de equilibrios entre los objetos paralelos, cercanos, inspiradores, inacabados, vagos. Cada gesto, palabra, línea, movimiento, cada decisión, cada ensamblaje constatan la atmósfera del taller.

Así Marcelo Gauchat y Horacio Berra, reflexionan a detalle este microcosmos que todos en cierta forma construimos, a nuestra medida para nuestras necesidades particulares. De lo contrario no podríamos concentrarnos, habitar en el trabajo, ni mucho menos crear. El espacio privado del taller, sin embargo, es un espacio que nunca se termina de construir, haciendo parecer que es la madre de las obras, o la obra que contiene y hace posible todos nuestros  productos. Así lo reflexiona Gabriel Wolfson:

Por un lado, una obra puede ser, en efecto, construir un taller, edificar y acondicionar un lugar de trabajo. En ello puede irse la vida entera. Por otro lado, como apuntó David Cohn (…) “no existe diferencia esencial entre el producto de la obra del artista y su entorno circundante; ambos forman parte de un único y permanente entorno de acción”. En realidad no hay obra: hay acción. Si se quisiera exagerar menos se podría decir: no hay obra, hay obras, muchas, obras manuales que se acumulan, se enciman, obras pequeñas que se solapan y tejen existencias entretejidas. Si se quisiera exagerar más se podría decir: no hay obra, hay taller.

No hay obra: en el taller no se hacen cosas para ser vistas. El taller imprime su marca en las cosas y las ata así a la hechura, las convierte en práctica: en las cosas, y en el propio taller, quedan las huellas de la hechura. El taller puede volverse entonces un registro del tiempo, un diario de trabajo: (pues) tampoco los diarios, en principio, se escriben para ser leídos.

Como pueden escuchar, este libro abre una posibilidad enorme de ideas, entorno a nuestro espacio de trabajo. La propuesta es sugerente para pensar nuevas formas de pensar, investigar o construir arte contemporáneo; sobre todo después del paradigma transdisciplinario, habiendo ahora escritores/artistas visuales, o músicos/arquitectos, o escultores/científicos etc. El concepto del hombre del renacimiento no está tan lejano de muchos creadores actuales, aún con el auge de la especialización. Y con este estupendo libro queda más que puesto en evidencia.

 

 

 

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