SAUDADES

September 5, 2017

 

Lectura de Saudades

 

La complejidad de la partida, del separarse del hogar y la familia, el tener que irse por necesidad y no por voluntad, el exilio. Escribir a partir de una fractura de este tipo es difícil porque uno se encuentra marcado, pero a la vez es necesario. La voz del escritor viene siempre de otra parte, de un estar con otros que no tiene ahora, pero que tal vez en algún momento que se rescata en la memoria, estuvo y se añora que vendrá de nuevo.

Amigo lector, hoy te comento una “novela”, llamada Saudades, de la escritora argentina/mexicana Sandra Lorenzano, una de las escritoras contemporáneas más importantes. Este libro fue publicado en 2007 aunque su elaboración llevo muchos años, así lo menciona la autora: “Saudades es un libro que me llevó toda la vida escribir, porque de alguna manera está presente toda mi vida, toda mi experiencia a lo largo de muchos años, aunque no es una novela autobiográfica”.

Ahora, en mi opinión, Saudades tiene el andamiaje de una novela, en tanto que encierra cierta diégesis, cierta historia, pero su lenguaje desborda el género narrativo y toma forma tanto de poesía como de ensayo. Su escritura es fragmentaria, y se divide por tres tipografías que se mezclan a destiempo: una regular en la que la voz narrativa, que pareciera estar en un monólogo interior, entrelaza el deseo y la memoria; otra en negritas con la que se escriben poemas, cartas o reflexiones que incluyen o hacen referencia a otras historias (desde Ulises que parte de Ítaca, hasta los exiliados de las últimas dictaduras del siglo pasado); y una fuente más grande en la que suscitan reflexiones sobre la escritura de lo imposible, a veces tomadas de otros autores como Fernando Pesoa, Maurice Blanchot, Walter Benjamin, Luis de Camoes, Ana Ajmátova, Paul Celan, Cristina Peri Rosi, sólo por mencionar algunos. Ubicada en Lisboa, la obra reconstruye, el exilio de una joven por la dictadura en argentina; pero entre las diversas voces que dialogan, resuena el duelo de todos aquellos que han sufrido el exilio y las atrocidades de la represión dictatorial.

“Aprendimos no a hablar sino a balbucear” repite constantemente Lorenzano, y en base a este principio construye una gran reflexión sobre los límites del lenguaje para confrontar el dolor por la pérdida y la separación forzada. En Saudades se habla de la imposibilidad de dar testimonio, de la obra que no va a ninguna parte, porque por principio todos nos encontramos fracturados. Con su escritura sin origen ni centro, es difícil afirmar que termina porque el relato nunca inició, el texto es más bien un conjunto de voces y memorias que entretejen deseos aun latentes, con espera de reconstruir un nuevo espacio donde habitar.

No hay tiempo lineal ni espiral sino suspensión y espaciamiento, en el texto se acumulan pensamientos sobre el hogar imaginario y (re)construido, el amor como encuentro y morada, la dificultad de tomar el lugar del testigo, la capacidad de ser pasible ante el sufrimiento del otro y la voluntad incansable por tomar la palabra aún frente al silencio que sobrecoge. Cito a continuación un fragmento.

"Sobre mí y sobre muchos de mis contemporáneos pesa el tartamudeo desde el nacimiento. Aprendimos no a hablar, sino a balbucear…” ¿Por qué elegiste esa frase para inaugurar el primer cuaderno que llenarías de dibujos en Portugal? Decenas de rostros apenas esbozados, más sombras que líneas, cubren una página tras otra. ¿Balbuceos quizás? Sanguine es el color de tu memoria, es el color de tus tartamudeos. Con menos de veinte años, sola frente a una lengua que apenas hablabas, te refugiaste en el silencio de tus cuadernos. Cuadernos tartamudos porque el miedo quebró todas las palabras, porque las ausencias rompieron la sintaxis. Cómo volver a hablar después del horror. Decenas de rostros cubren las páginas. Rostros quebrados, como la lengua; rostros balbuceantes. Los rostros de tus involuntarios modelos –la gente que veías en un café, en el tranvía, por la calle – buscaban los de Paula y Andrés, los de quienes habían quedado allí, al sur de todos los sures. ¿Quién sabe, al pronunciar esa palabra “adiós”, cuánta separación nos queda por delante?, se pregunta el poeta ruso en otro poema que recuerdo al hojear una vez más tu cuaderno, para tratar  de aprehender tus primeros meses en este país al que te trajeron el azar y la muerte. Tristia, palabra de desgarramiento, de dolor. Y Mandelstan sabe que los esbirros se están acercando, porque el balbuceo está penado. Un poeta desaparecido en algún lugar del infierno. Todos los rostros podrían ser su rostro, o el de Paula, o el de Andrés. No hay lengua para nombrarlos, sólo un tartamudeo que asfixia, y el sanguine de tus dibujos. Preferiste refugiarte en el silencio del cuaderno porque no hay palabras para hablar del horror, sonidos quebrados, lengua en duelo…cuánta separación nos queda por delante…

Saudade, ese vocablo portugués (incorporado al español) de difícil traducción, que expresa un sentimiento próximo a la melancolía, producido por la distancia temporal/espacial con algo o alguien amado, con el saber de que muy probablemente nunca volverá. Con esto nos deja la lectura de esta obra, sensación un tanto triste, pero sin duda interesante, fresca y seductora; para sacudirnos las estructuras rígidas que aún persisten con querernos atar.

VF

 

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