DESDE LA CÁRCEL DE MI PIEL

de Susana Francis


Los cuerpos han llorado, han gritado, han sentido todo lo que un cuerpo puede sentir. Sin embargo, han sido también una atadura, y la piel, nuestra cárcel, como indica el título del poemario de Susana Francis. La escritora entiende que su cuerpo implica limitación; que hay un “vestido que lastima / ̶ como piel ulcerada ̶” (19), un “muro entre muros” (20), y que, en fin, “somos reos atados / a la misma cadena” (21).

Pues, “presos / en esta cárcel de la piel, chapoteando / en la espesa tiniebla” (22), nos aventuramos al deseo de independencia que Francis propone en sus versos. Si bien el cuerpo es un obstáculo, la poeta intenta otra manera de expresión menos rígida, más libre: la poesía. Por eso, me parece, en la mayoría de los poemas utiliza el verso libre. Le permite innovar, soltarse de las ataduras, expresar, desde la cárcel de su piel, lo que no podría solo con el cuerpo: el deseo de libertad, la incertidumbre en que se halla, lo que la voz lírica es y siente más allá de la piel. Y, con esas intenciones, nos dice: “Nada debes a nada. / Lo aprendido, disuélvelo, / como una exhalación dentro del aire. / Sé nueva” (15).

Ser nueva implica construirse, reflexionar sobre el cuerpo que ya tiene y pensar en su futuro para darse una nueva forma. De mirar “la sombra de mi cuerpo: forma / de un eclipse de sol” (27) y su perfil “emplomado en el agua” (28), pasa a dibujarse, a esculpirse. No obstante, en ese momento de nueva creación, la incertidumbre atormenta a la voz lírica. El universo le pesa y el tiempo, con sus posibilidades, también: “Todas las horas roen / algo de nuestra vida” (31), “Quizá mañana mismo moriré […] Mañana: una sola noche sin mañana” (32).

Tal vez, piensa, será polvo y la huella de su existencia se reducirá a un momento: al soplo del viento, a los llantos con la lluvia o al “viaje / en hombros de un insecto” (33). Sin embargo, en sus versos, Susana Francis nos crea esperanza y nos deja, por ejemplo, las siguientes líneas que parecen tan adecuadas a nuestra realidad pandémica, a pesar de haber sido escritas hace más de medio siglo: “En medio del desastre y la batalla / del mundo loco, / ¡tantas cosas nos quedan todavía! / Belleza, alma universal: revives” (34).

Muchos y muchas de nosotras, creo, seguimos esperando que reviva, pero en el caso de Francis, ella logró ver los nuevos amaneceres, encontró el minuto: “Y nuestro barro cobra transparencia de luna, / que de sombra que somos, irradiamos la luz” (54). Para seguir haciéndose, para ser nueva, era necesario rehabitar su cuerpo.

Y ya renovada, las cosas le resultan ajenas: “nuestro hermano, la tierra, / nosotros mismos, todo, / aun la misma soledad… / y la ausencia… / Por este extraño viaje / sin memoria, brindemos”. La liberación fue alcanzada; las cadenas, que llamábamos cuerpo, rotas; la piel, rehabitada y despojada de su carácter carcelario. Ya en la última parte del poemario leemos más de la libertad de expresión que consiguió la voz lírica: leemos “Canciones sin palabras” y luego “Palabras”, donde finalmente dedica sus versos a su yo [“Ego”], a su casa, “A ti” y “A Dios”.

Susana Francis, en Desde la cárcel de mi piel, escribe sobre el deseo de independencia, de la libre expresión, que se ve obstaculizado por la cárcel que llamamos cuerpo. A través del verso libre intenta esa liberación, que luego alcanzará al haber rehabitado su cuerpo y al haber enfrentado la incertidumbre en que se hallaba. Después de ver en el cuerpo limitación, logra una expresión menos rígida y más libre a través de la poesía.


JESUS RODRIGUEZ BARRERA

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