BESTIARIA VIDA

Aún recuerdo que hace ya varios años tuve que describir a una persona con aspecto amenazador. Le comparé con un ogro porque pensé que esa criatura le representaba con fidelidad. Seis años después- desde hoy, hace unos días- volví a ver bestias. Las que se me presentaron eran nuevas y estaban contenidas en un libro.

Yo, de alguna forma, las dejé libres por un momento: ese momento que también conocemos como “lectura”. Repetí sus nombres, sus historias y les permití existir en mis voces. Sin embargo, las bestias no eran mías. Formaban parte de otro mundo, de otros recuerdos: los que leemos en Bestiaria Vida.

La protagonista de esta novela corta, que es también la narradora, explora su memoria y nos adentra en su mundo. Así, sentimos con ella la insatisfacción que le genera su entorno, y descubrimos de qué manera justifica una realidad que le harta, pero que- ella lo sabe- debe superar: “Sí, así veo a mi familia, como a un minotauro, como un laberinto, como a bestias que resguardan su centro, y yo debo vencerlas para salir, para olvidar, para vivir.” (15).

Es decir, identifica a las personas como bestias, porque considera que eso sí es una representación fiel de sus respectivas personalidades. De esta forma, nombres como Laura, Helena o Susana resultan extraños e inadecuados, pues el carácter bestial de las personas es lo que más y mejor les define. Entonces, por una parte, la narradora describe a sus bestias familiares: un basilisco, un licántropo, una súcubo, etc. Y, por otro lado, también se encarga de mencionar a otras bestias con las que trató: hombres topo, demonios desordenados, un abominable hombre del trabajo, etc. En suma, todos son seres monstruosos o fantásticos, y la vida de la narradora, bestiaria.

ABRIL 2021

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